jueves, 10 de julio de 2014

Un mar de latidos

Él siempre le dio todo cuanto tenía, y ella no aceptó nada. Rechazaba el tacto de sus manos, la textura de sus labios, el contacto con sus pupilas. No aceptaba nada y, sin embargo, pedía, exigía. Su insaciable tendencia a la perfección la obligaba, la empujaba a hacerlo: todo debía ocurrir de un modo determinado en el lugar y el momento idóneo. Al fin y al cabo, era su historia, su historia de amor, y había de escribirla a su gusto y preferencia. Aún así, evitaba el calor de su cuerpo, las caricias de su aliento y el calor de sus ojos. Había escuchado y leído relatos de amor cientos de veces y creía comprender su significado, su abstracto y complejo significado. Había escuchado y leído relatos de amor y era el momento de narrar el suyo propio, pero se limitaba únicamente a reproducir aquello ya escuchado, leído, conocido; se limitaba únicamente a recrear aquel amor ideologizado, ensalzado y de ensueño. No obstante, repudiaba el sabor de sus besos, la luz de su sonrisa y el color de su mirada. Como si de escribir a máquina se tratase, relataba, borraba e intercalaba escenas a su antojo, e imprimía letra sobre letra si era necesario para lograr un resultado final perfecto. Con esta falsa potestad entre las manos, se convirtió en narrador de su propia historia, de su propia vida, y de la de él. Olvidó su papel protagonista y el modo de interpretarlo, de sentirlo, de vivirlo. A imagen y semejanza de una piedra torpe e inerte, quedó encallada en el caudaloso río de los acontecimientos, resistiéndose a la inminente fuerza del agua y la llevadera corriente, que, con la ayuda de la suave brisa, corría hacia un mar de latidos vibrantes y perpetuos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario