sábado, 21 de marzo de 2015

sábado, 14 de marzo de 2015

Quisiera

Quisiera ser pájaro, frágil y delicado, para abrir las alas y dejarme llevar por las corrientes, aquellas que agitan tus cabellos y arrastran memorias por el asfalto. 
Quisiera poder volar, ser libre y llenar el pecho de aire nuevo, limpio, del que empuja las arenas y las acaricia con brisas suaves. 
Quisiera cerrar los ojos, sonreír levemente y sentir el calor de tus labios, aquellos que me encienden, que me dan cobijo en las noches y tristezas. 
Quisiera ser segundero, para rebelarme contra el tiempo y saltar en sentido contrario, volver a verte, poder tocarte, contar contigo.


lunes, 23 de febrero de 2015

Palabras

Era un cabeza inquieta, mas se bebía sus palabras. Se acumulaban y se amontonaban, daban vueltas y se entrelazaban. Sentía un nudo en la garganta.

viernes, 20 de febrero de 2015

Labios de papel

Huía de besos largos, tibios, de pasión y desespero. Huía de aquel contacto feroz que estremecía las entrañas y humedecía toda la boca. Tenía labios de papel.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Extraños

Observaba sus manos. Bailaba con los dedos y daba intencionadamente la vuelta a las palmas en un intento por entender lo que tenía en su poder. Movimiento, piel, tiempo y espacio. Fruncía el ceño de un rostro cansado y forzaba los sesos a cruzar la línea de lo incomprendido.

Como consecuencia de un efímero reflejo, alzó lentamente la cabeza y se encontró con él. Un día más, misma hora, misma mirada. Aquel desconocido solía fijar en él aquellos incansables ojos oscuros que despellejaban, que dejaban el corazón al aire; que intimidaban y dejaban las verdades a la vista de todos. Unos ojos extraños que osaban romper sus fortalezas y vender sus debilidades. Tenía miedo. Bajó de nuevo la cabeza y permaneció quieto, guardando silencio en el mismo punto. Intentaba pasar desapercibido, parecer ocupado. Y aunque miró de nuevo sus manos, no pudo reparar una inhalación entrecortada. No podía huir. Sabía que si lo hacía, seguiría sus pasos a la misma velocidad, al mismo ritmo. Se concentraba en parecer sereno, en controlar los nervios, mientras rogaba que llegase el fin de aquella historia. 

Había considerado la posibilidad de hablarle alguna vez, preguntarle qué era lo que quería de él, pero algo le decía que no obtendría ninguna respuesta. Con la esperanza de que se hubiese cansado, alzó nuevamente la cabeza, pero todavía seguía allí; misma mirada, misma fuerza. Lo invadió un mar de impotencia y una lágrima corrió por su mejilla. No apartaba la mirada; ahora era él quien lo desafiaba, quien osaba despellejarlo a la vista de todos. Mas lloraron juntos, desnudos, a corazón abierto y batiente.

Una vez más, se dio por vencido. Abrazó sus extremidades y ocultó la cara húmeda entre las rodillas. En unas horas, cuando el sol se hubiese marchado, todo habría acabado. En unas horas, cuando las sombras se apoderasen del mundo, no habría lugar para los reflejos.

domingo, 31 de agosto de 2014

Dos noches

Dos noches. Llevaba dos noches sin dormir y el cansancio retratado en el rostro. En lo alto de una pared manchada por una cenefa con motivos vegetales, un reloj viejo y cansado marcaba la 1:53 de la madrugada, y un peso cada vez mayor se empeñaba en aplastarle sin cesar el órgano batiente.

Varias veces había oído ya el desordenado tintineo de las llaves, esperando a que fuesen torpemente introducidas en el cerrojo, pero no ocurría; era producto de su imaginación, de su temor, de su miedo. Exhausta y vencida por una mente farsante, esperaba sentada sobre una incómoda silla de cocina bajo el reloj abrumador, con los codos inestablemente colocados sobre la mesa y las manos trémulas corriendo entre las blancas montañas de su boca. Hacía unas tres horas que los niños dormían y en la casa solo podía distinguirse sus monótonas y profundas exhalaciones. "Dormid plácidamente, hijos míos", se dijo con voz rota. En ese instante, levantó la cabeza y se encontró de frente con su propio cuerpo, con su reflejo. Sobre la metalizada puerta del frigorífico, se trazaba de manera amorfa un ser abandonado, agredido por las circunstancias. Fue entonces cuando reparó por enésima vez en los hematomas de los ojos y los cortes en los labios, aquellos mismos labios que tiempo atrás habían respondido a una función totalmente distinta, o incluso contraria. Se desgarró por dentro y un mar de lágrimas se apresuró a inundarle los ojos, causando un dolor añadido, y bajó la vista en un intento de salir de aquella cárcel, de aquella realidad. De pronto, un llanto inocente cortó en seco aquella riada de agua salada; uno de sus hijos lloraba. Se levantó forzosamente de la silla y deambuló hasta la habitación de los niños, sus niños. Se acercó a uno de ellos y le acarició el rostro con las manos, magulladas pero enternecidas por amor. Instantáneamente, el llanto se redujo a unas simples quejas y algunas palabras inaudibles hasta finalmente llegar al silencio etéreo, a la calma perdida. 

Un fuerte e innegable tintineo de llaves le conmovió el cuerpo. Seguidamente, un sonido brusco y breve le indicó que la llave se había abierto paso por el cerrojo. Movida por el instinto, corrió repentinamente afuera de la habitación en la que se encontraba y cerró la puerta con cautela. Unos primeros pasos torpes y pesados le indicaban que ya estaba allí. El golpe de la puerta principal al cerrarse le confirmó por fin lo que hacía rato esperaba. Apretó los dientes y una lágrima se precipitó por su rostro envejecido mientras en su cabeza solamente podía oír una y otra vez: "Dormid plácidamente, hijos míos".

jueves, 10 de julio de 2014

Un mar de latidos

Él siempre le dio todo cuanto tenía, y ella no aceptó nada. Rechazaba el tacto de sus manos, la textura de sus labios, el contacto con sus pupilas. No aceptaba nada y, sin embargo, pedía, exigía. Su insaciable tendencia a la perfección la obligaba, la empujaba a hacerlo: todo debía ocurrir de un modo determinado en el lugar y el momento idóneo. Al fin y al cabo, era su historia, su historia de amor, y había de escribirla a su gusto y preferencia. Aún así, evitaba el calor de su cuerpo, las caricias de su aliento y el calor de sus ojos. Había escuchado y leído relatos de amor cientos de veces y creía comprender su significado, su abstracto y complejo significado. Había escuchado y leído relatos de amor y era el momento de narrar el suyo propio, pero se limitaba únicamente a reproducir aquello ya escuchado, leído, conocido; se limitaba únicamente a recrear aquel amor ideologizado, ensalzado y de ensueño. No obstante, repudiaba el sabor de sus besos, la luz de su sonrisa y el color de su mirada. Como si de escribir a máquina se tratase, relataba, borraba e intercalaba escenas a su antojo, e imprimía letra sobre letra si era necesario para lograr un resultado final perfecto. Con esta falsa potestad entre las manos, se convirtió en narrador de su propia historia, de su propia vida, y de la de él. Olvidó su papel protagonista y el modo de interpretarlo, de sentirlo, de vivirlo. A imagen y semejanza de una piedra torpe e inerte, quedó encallada en el caudaloso río de los acontecimientos, resistiéndose a la inminente fuerza del agua y la llevadera corriente, que, con la ayuda de la suave brisa, corría hacia un mar de latidos vibrantes y perpetuos.

lunes, 16 de junio de 2014

Ángel

Hoy mi papá Ángel ha llegado muy tarde de trabajar y es por eso que todavía estoy despierta. Cuando mi papá no puede contarme una historia antes de dormir, me cuesta coger el sueño, como dicen los mayores, y entonces empiezo a pensar y a pensar hasta que sin darme cuenta ¡pum!, me pongo a soñar. Pero creo que hoy no soñaré pronto, porque me preocupa una cosa que ha dicho el profe en el cole y no puedo parar de pensar y pensar. En la clase donde nos explican cuáles son los ríos más grandes y las montañas más altas, y nos enseñan fotos bonitas de flores y animalitos, el señor Manuel nos ha explicado qué es la reproducción sexual. Cuando ha dicho "sexual" todos nos hemos reído, porque sabemos que es una cosa de mayores de la que nunca se habla, menos en la tele, que, como todo lo que aparece es mentira, la gente puede pegarse, hacer guerras y decir palabrotas. Vamos, que en la tele se puede hacer y hablar de todo. 

El profe nos ha explicado que la reproducción sexual es cuando dos animales parecidos o de la misma especie llegan a un acuerdo y se juntan para tener un hijito, o dos, o tres, como las personas. Yo he oído muchas veces en las películas "vamos a tener un hijo", y todo el mundo salta y se pone muy contento; supongo que ese será el acuerdo. Nunca he visto a dos animales hablarlo, pero pienso que ellos se entenderán y decidirán tener un hijito, o dos, o tres, porque, si no, pobrecitos. Luego el señor Manuel nos ha dicho que hay otra forma de reproducción o de tener hijitos, la reproducción asexual. Aquí también nos reímos todos porque volvió a repetir la palabra "sexual", pero nos callamos pronto porque llevaba una "a" delante y no entendíamos por qué. Nos dijo que había seres vivos que podían tener hijos solitos y que entonces no hacía falta un acuerdo, y esto es lo que a mí me preocupa y no me deja coger hoy el sueño.

Mi papá Ángel no tiene novia, ni novio. Yo no tengo mamá ni otro papá, y por eso creo que mi papá no hizo ningún acuerdo con nadie para tenerme como hijita; me tuvo él solito y esto significa que mi papá, pues, es asexual. A mí no me importa que mi papá Ángel sea asexual, lo que pasa es que todos mis amigos tienen dos papás y el mío tuvo que hacer el acuerdo solito. Pero lo que me pone contenta es que si lo hizo solito y sin ayuda de nadie, eso significa que me quiere muchísimo, estoy segura. Cuando alguien toma decisiones sin ayuda de nadie quiere decir que está muy seguro y que ya es mayor o adulto, así que mi papá debe ser el mejor de todos. Y ahora que lo pienso bien, el otro día leí en un libro del colegio que los ángeles eran asexuales, así que ya lo tengo clarísimo; no llegó a un acuerdo con nadie y mis abuelitos le pusieron ese nombre porque mi papá es un ángel.

jueves, 12 de junio de 2014

Melodía de un reloj

El segundero de un reloj primerizo e impecable cantaba tozuda y persistentemente en medio del silencio de la noche. Componía una melodía ligera y repetitiva con final desconocido, o inesperado. Cantaba a un oído ensordecido, estresado por la pesadez de las ideas del órgano vecino, por el desorden. El mismo tipo de desorden que hace que uno pierda algo entre montones de papeles y objetos de utilidad cuestionable, el mismo tipo de desorden que hace que uno se pierda a sí mismo. Los ojos entreabiertos y llorosos observaban pasivamente unos pies desconocidos, helados por la frialdad de las circunstancias, de los hechos. La boca fosilizada y hermética retenía el sabor ácido de la clausura, de la soledad. El corazón, arrítmico y batiente, alimentaba el deseo y se unía al segundero, cada vez con más fuerza, en un concierto a doble voz. La mente se nublaba, la garganta se estremecía y el rostro se arrugaba. Lloraba, pero no llovía. Tras horas de tormenta y aguacero, no había gotas que verter, que liberar. Lloraba con la frente, las mejillas, los labios, el mentón. Lloraba de rabia, de impotencia, lloraba por la triste pérdida de su persona. Abrió la boca, inspiró una bocanada de aire fresco y cortante mediante tres pausas impuestas por el llanto y degustó la acidez de su realidad. Cerró los ojos, estrujó los labios y una punzada de valor irrumpió en el estómago. Era el momento. Despertó su cuerpo inerte y puso los pies desnudos en contacto con el suelo frío. Caminó lentamente hasta la puerta del baño y se detuvo. Levantó levemente la cabeza y observó por un instante el último escenario de su obra. Con ayuda de la mano del coraje, dio un decidido paso adelante, atravesó el foro y dejó atrás los bastidores. Era el momento de actuar. Con un débil giro de mano, inauguró un tímido efluvio de agua cada vez más caliente. Una bruma blanquecina empezaba a ocupar la habitación mientas se desvestía calmadamente, sin prisa; iba a presenciar voluntariamente lo que para todo el mundo era impredecible. Él escogía y, por un momento en su vida, podía decir que tenía todo el tiempo del mundo. Una vez desnudo, estiró de uno de los cajones y tomó una de las cuchillas de afeitar. Se volvió hacia el lago de agua hirviente y humeante e introdujo el primer pie. Experimentó una sensació de libertad, e introdujo ansiadamente el segundo. Se arrodilló. Acercó la cuchilla hacia la piel de un brazo extendido, y dibujó una espesa línea roja. Mordía el labio inferior para paliar el dolor y repitió la acción en el otro brazo. Con ambos ya coloreados y el estruendo del arma tocando el suelo, se hundió en el agua y esperó. El agua se teñía de color cobrizo mientras su piel palidecía. Abandonaba la escena y, aunque los latidos del corazón ya no cantaban, la melodía seguía sonando, la oía, la escuchaba. Terminaba su obra y el segundero seguía cantando, solo, y entonaba aquella cancioncita ligera y repetitiva que, aunque con final desconocido, no lo acompañaría nunca más.

martes, 10 de junio de 2014

Dos cuerpos

Dos cuerpos. Una copa medio vacía por vicio, por indiferencia, por amargura. Una mesa sucia, desordenada por dejadez, por analogía. Éramos dos cuerpos, vertebrados, mas sin nada a lo que sostenernos. Éramos dos cuerpos desechados, abandonados, sin rumbo. Dos cuerpos con la mirada puesta en un horizonte sin futuro, en un futuro sin horizonte. Dos cuerpos pesados por la inercia, con los pies en la arena y la cabeza en el aire, perdida, vagando entre las corrientes, frías, calientes, frías, y de nuevo, calientes, sin un rayo de luz que nos abriese un camino. Éramos dos cuerpos muertos, inertes, de ideas desencajadas y pasiones congeladas.